Al asistir a un teatro se concreta un pacto implícito por el cual el espectador se dispone a creer lo que ocurre en la escena, aunque de antemano sepa que es simplemente representación. La mímica de la vida. La vida es un gran escenario, donde, como afirma Shakespeare, todos tenemos nuestras entradas y nuestras salidas de escena. En dichos de Coleridge, este trato no dicho, que ocurre al bajar las luces de la sala, se llama fe poética, y hace que el espectador suspenda voluntariamente su incredulidad, y se suelte a creer… Así, percibe con la misma ominosa ansiedad de Calpurnia, la tragedia que espera al César al cruzar el Rubicón; o se desgarra con el desencuentro de los jóvenes amantes, Romeo y Julieta, a quienes el veneno y el odio de sus familias les arrebata la vida y el amor.

En la política también hay teatralidad. También hay escenas. Y ni hablar, entradas y salidas. Esa teatralidad sirve funciones institucionales cuando se trata de rituales colectivos como el traspaso presidencial que comunica la continuidad del sistema de acuerdo al orden legal. O en los planeados funerales de un rey.

También existe una teatralidad de dos caras que expresa lo que un líder político es y lo que desearía ser. Éstas últimas suelen ser peligrosas cuando los constructores de imagen se despegan demasiado de lo que su candidato puede ofrecer. Aquellas publicidades presidenciales de Fernando De La Rúa, rodeado de fuerzas de seguridad, como un sólido estadista, se volvieron un contraste lacerante con la debilidad en la que luego se hundió su presidencia.

En cuanto a la teatralidad que revela lo que un político realmente es, hay dos dimensiones: una voluntaria, en la que se elige mostrar algo específico, para generar empatía, como la saga del perro Dylan para Alberto Fernández. A todo esto, ¿hace cuánto no se habla del perro presidencial? Desde que terminó, pobre, mencionado en las escandalosas entradas a Olivos de su adiestrador. La culpa no es del perro, claro está. Pero en este ejemplo entra la otra dimensión, la dimensión no voluntaria de la comunicación, en la que la verdad se filtra entre las grietas de la buena intención. Y hay ocasiones en que esto se revela en detalles apenas advertidos, como uno que pocos comentaron. El día en que el presidente Fernández intentó pedir disculpas por el Olivosgate, considerándolo sólo un error y culpando a su pareja Fabiola, hubo un gesto que sólo observaron los detallistas. Las manos del presidente temblaban como una hoja al viento. El Presidente estaba temblando de miedo. En esos días había recibido seguramente la noticia del embarazo de su compañera, a la que igualmente le cargó las responsabilidades. Y aquella noticia que dotaría de aires de familia a la pareja quedaría eclipsada por la postal del cumpleaños clandestino en plena cuarentena dura.

La teatralidad que siguió fue la de Cristina. Representar que el poder era ella, quitarle el micrófono, decirle cómo tomar agua. Contener y neutralizar el enojo contra él, absorbiéndolo. Poniendo su imagen para controlar daños. Pero no alcanzó.

Los votos también actuaron. Pero una lapidaria realidad que los ojos encandilados de los actores principales no supieron ver.

Sobrevino el teatro de la derrota. El baile que quedó vacuo con los resultados. El intento del Presidente de recuperar la iniciativa. La carta fulminante. Los audios guionados de Fernanda Vallejos. El riesgo institucional. El avance sobre el gabinete. La capitulación ante el más rancio peronismo. Y una próxima escena a cámara rápida, la cámara rápida de la hiperactividad del jefe de gabinete. Manzur no dejó vacíos. No tardó en imponer su impronta. Cambió las reglas. Encendió el pulmotor. Intentó mostrar un gobierno que se rearma, dar idea de iniciativa, y liturgia peronista. Manzur es Manzur. Pero su protagonismo profundiza las preguntas de siempre. Quién gobierna. Dónde va el Gobierno.

Las internas quedaron por momentos tras el tumulto de palabras y sobreactuación. El pase de facturas del ministro de Trabajo Moroni al del Interior Eduardo “Wado” de Pedro arruinó la escena de familia. La renuncia de una funcionaria del Ministerio de la Mujer que había denunciado a Manzur mostró la fragilidad de las convicciones ante lo que realmente importa: el poder. ¿Los candidatos? Victoria Tolosa Paz se llamó a silencio. Gollan rogó haber hecho lo mismo luego de su validación del más espurio clientelismo. Del Presidente se recibe postales sociales y la noticia del embarazo que perdió efectos de marketing por el escándalo de Olivos. De Cristina poco se sabe. Como poco se sabe si este gabinete durará más allá del 14 de noviembre. Dicen que el jefe de gabinete dónde va repite “la damos vuelta”. Habla del territorio bonaerense.

A diferencia del teatro, ante la teatralidad de la política, los espectadores no tienen que obligarse a creer lo que ocurre. Eso deben ganárselo los actores. Y la realidad del Gobierno es tan confusa, que con excepción de repartir plata, parece difícil hasta saber el nombre de la obra. ¿Creer? Los votos dirán si hay aplausos o abucheos hacia el escenario.

Publicado en Infobae

Redacción Electoral
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